Surcando las aguas del embalse del Porma

Es Octubre, puede parecer desolador, como si de una película de Mad Max se tratara, al acercarnos al embalse del Porma. La campaña de riegos hace más de un mes que terminó y el embalse, ahora descansando de los ajetreos del riego, está en su mínimo anual.

Sin embargo, este escenario salido de película postapocalíptica: orillas escarpadas, barro, árboles muertos, huesos…no hace más que acrecentar las ganas de adentrarse en su interior y de aventura. El día no puede ser más propicio: gris melancólico y taciturno, con lloviznas y vientos racheados. Es perfecto.

El protagonista embarca en su kayak de travesía, desde la zona de Lodares, y se pone a merced de las olas y de la llovizna. La temperatura del agua aún se mantiene templada, pues aún no han llegado las heladas, y pronto se hacen visibles saltos de memorables barbos.   

Tras una continua batalla contra los elementos, el protagonista cruza por encima de donde una vez estuvo Vegamián. Llega por fin a orillas ajenas a la civilización, más desoladas aún que en las que embarcó. 

Todavía está a un centenar de metros de la orilla cuando percibe la presencia de 2 decenas de ciervos, cada una de ellas con su imponente macho alfa protegiendo la manada. Ante la llegada del colorido «enemigo» acercándose desde el agua, pronto escapan de las escarpadas orillas al frondoso robledal que tienen encima.

Tras ojear el mejor lugar para desembarcar, el protagonista se dispone a adentrarse en esa misteriosa península a la que llaman la Isla de Vegamián. Desembarca y pronto se ve inmerso en un profundo bosque de robles, cuando de pronto, a 10 metros ¡ZASSS!, otro imponente ciervo salta delante de él y se aleja en dirección contraria.

No se tarda en escuchar el lamento de los ciervos, que con su berrea acústica, intentan reclamar el liderazgo de la manada.

Después de un largo paseo por el interior de la isla, llegando a la zona más elevada y esquivando huesos, árboles y hongos, el protagonista se dirige de nuevo hacia su embarcación a orillas del embalse. En estos momentos el sol se abre camino y el paisaje se torna resplandeciente y vivo.

Tras recorrer varios recodos y estrangulándole el reloj, por fin pone rumbo al embarque desde donde comenzó la aventura, dejando Utrero y Peña Armada a babor, con la satisfacción de haber sentido, en plena Montaña Leonesa, la fuerza de la naturaleza y de los elementos dentro de su corazón.


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